Opinion

En el Mediterráneo mueren mis hermanos, por Rafael Ortega

En el Mediterráneo mueren mis hermanos, por Rafael Ortega

Sí los míos y los tuyos. No nos engañemos ni miremos para otro lado. En ese Mediterráneo que baña nuestras cosas y que dentro de unos días comenzará a recibir a millones de compatriotas que disfrutarán de sus vacaciones, ese mar se ha convertido en un cementerio real que acoge en su fondo a miles de cuerpos que sufrieron el apetito de traficantes sin escrúpulos.

Unos traficantes que gozan en muchos casos de la complicidad de gobiernos que miran para otro lado o que también reciben las monedas capaces de comprar voluntades. Unas voluntades políticas trufadas así mismo por situaciones de enfrentamientos fronterizos o por negociaciones que son capaces de interrumpir el tráfico de personas, según intereses de los mandatarios de turno.

Mientras tanto, España, Italia y Grecia intentan colocar “tiritas” que alivien un poco la herida, la sangría, que tiñe de rojo a nuestro mar. Una situación que parece importar muy poco, sobre todo a los países del norte de esta Unión Europea, a los que los movimientos migratorios solo interesan si son capaces de aportar beneficios a sus pujantes economías. Bruselas siempre pide acuerdos, pero en voz baja, no sea que si se levanta, esa voz pueda molestar a los delicados oídos del norte.

Rafael Ortega Benito

Presidente de la Unión Católica de Periodistas e Informadores de España, Ex Director de Radio Exterior de España e Informativos COPE.

5/5

Esta semana hemos vivido como un barco ha sido el ataúd que ha llevado al fondo del mar a más de quinientas personas, muchas de ellas mujeres que han muerto ahogadas abrazadas a sus hijos. Ha sido una triste noticia que pronto olvidaremos, porque nuestros informativos están más ocupados en finales deportivas o en constitución de ayuntamientos. Pero yo, particularmente no quiero, me resisto a olvidar a esos hermanos que luchan por encontrar un mundo mejor, porque en el que están ahora, el suyo, el hambre y la guerra les impiden vivir.

Hace unos días tuve la fortuna, como ya conté oportunamente, de ser recibido en audiencia privada por el Papa y este nos recordó esta tragedia y nos regaló un libro “Hermanito”, que días antes también había entregado a todos los obispos miembros de la Conferencia Episcopal Italiana. Un libro escrito por un joven español, Amets Arzallus Antia, junto al guineano Ibrahima Balde, que relata el difícil viaje de este último desde su natal Guinea Conakry hasta el País Vasco español y que cuando es rescatado del mar, de nuestro mar, por un equipo de socorro, grita en africano “Boza, Boza, Boza”. Un grito que significa que la aventura de la travesía por mar ha salido bien.
Un “Boza, Boza, Boza” de alegría. que esta semana no han podido lanzar al aire los centenares de personas que se han ido al fondo de este mar nuestro, mientras los políticos hablan y hablan y además se confirma que cada vez hay más racistas y que utilizamos eufemismos como “personas de color”, pero somos capaces de llamar “negrata de mierda” a un deportista.

Y como siempre, la Iglesia ha salido al paso, a través de la subcomisión de migraciones de la Conferencia Episcopal Española, y ha hecho pública una nota que recogemos textualmente: ”Nos sobrecoge una vez más la muerte en el mar de cientos de vidas humanas de niños, mujeres y hombres que venían huyendo de guerras, violencias y hambre y expresamos nuestro dolor y cercanía a todas las víctimas y sus familiares. Hemos vivido con perplejidad el conocimiento de una desgracia que debe ser esclarecida y en cuya responsabilidad coinciden tantos factores sobre los que se puede incidir: la falta de futuro en países de origen, el execrable lucro de las mafias y las políticas y leyes europeas, así como la mentalidad de rechazo al migrante que se va extendiendo en la sociedad. Abogamos por unas políticas y leyes que garanticen vías legales y seguras para los flujos migratorios, así como la humanización de los protocolos de salvamento marítimo que priorice la vida de las personas. A las puertas del 20-J, Día Mundial de las personas refugiadas, y próximos al primer aniversario de la tragedia en la frontera de Melilla, como pide el papa Francisco haciéndose eco del Evangelio, reiteramos nuestro compromiso con la acogida, protección, promoción e integración de refugiados y migrantes”.

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