Cada 28 de abril, con motivo del Día Mundial de la Seguridad y Salud en el Trabajo, se nos invita a detenernos ante una realidad que, pese a su gravedad, sigue siendo demasiado cotidiana: la siniestralidad laboral en España. Detrás de cada cifra hay una historia, una familia, una vida que no volvió a casa.
Los datos son contundentes. Hasta noviembre de 2025, 686 personas trabajadoras han fallecido en accidentes laborales, lo que equivale a dos muertes al día. De ellas, 550 perdieron la vida durante su jornada laboral y 136 en desplazamientos relacionados con el trabajo. Más allá de cualquier comparación estadística, estas cifras reflejan una realidad que sigue siendo profundamente preocupante.
Más de un millón de accidentes
La dimensión del problema va mucho más allá de los fallecimientos. En ese mismo periodo se han registrado más de un millón de accidentes laborales, de los cuales más de 574.000 han provocado baja médica. Aunque se observa un ligero descenso respecto al año anterior, la magnitud sigue siendo alarmante.
Especialmente significativo es el aumento de los accidentes in itinere, aquellos que se producen en los desplazamientos al trabajo, que han crecido un 2,5%. Este dato no es casual. Responde a una realidad laboral cada vez más marcada por largas jornadas, horarios irregulares, dificultades de conciliación y desplazamientos prolongados, factores que incrementan el estrés y la fatiga.
Sectores especialmente vulnerables
Por sectores, el ámbito de Servicios concentra el mayor número de fallecimientos, mientras que la Construcción presenta el mayor incremento de accidentes mortales. Dos realidades distintas que, sin embargo, comparten un mismo trasfondo: condiciones laborales que no siempre garantizan la seguridad necesaria.
Una realidad estructural
Hablar de siniestralidad laboral no es hablar de hechos aislados. Es enfrentarse a una problemática estructural donde confluyen distintos factores:
- Deficiencias en la prevención de riesgos laborales
- Falta de control efectivo en el cumplimiento de la normativa
- Externalización de servicios de prevención
- Y, sobre todo, precariedad laboral
Porque cuando el empleo es inestable, cuando las condiciones son frágiles o cuando la presión productiva es alta, la seguridad suele quedar en un segundo plano.
Más allá de las cifras
Existe además otra realidad menos visible: las enfermedades profesionales infradeclaradas y el aumento de los riesgos psicosociales. Estrés, ansiedad, fatiga o sobrecarga emocional forman parte de un modelo laboral que, en muchos casos, también deteriora la salud sin dejar estadísticas claras.
Todo ello plantea una pregunta incómoda pero necesaria:
¿hemos normalizado que trabajar implique asumir riesgos evitables?
Un reto colectivo
La declaración de 2026 como “Año de la Seguridad y Salud en el Trabajo” supone una oportunidad para reforzar la cultura preventiva y adaptar la normativa a nuevos desafíos, como los riesgos tecnológicos o climáticos.
Sin embargo, el reto va más allá de las declaraciones. Requiere compromiso real de las administraciones, implicación de las empresas y una mayor conciencia social. La seguridad laboral no puede ser un añadido, sino una prioridad.
Poner la vida en el centro
En el fondo, la siniestralidad laboral nos interpela como sociedad. Nos obliga a decidir qué valor damos al trabajo y, sobre todo, qué lugar ocupa la vida de las personas trabajadoras.
Porque cada accidente evitable es un fracaso colectivo.
Y cada vida perdida nos recuerda algo esencial:
trabajar no debería costar la vida.

