La Jornada Mundial por el Trabajo Decente se celebra este 7 de octubre bajo el lema «Ante la exclusión, trabajo decente». En una España que alcanza cifras históricas de empleo, pero donde muchos trabajadores siguen teniendo dificultades para acceder a una vivienda, emanciparse o afrontar el coste de la vida, la pregunta ya no es únicamente si tenemos trabajo, sino qué vida podemos construir con él.
Durante mucho tiempo hemos asociado empleo y bienestar. Tener trabajo significaba disponer de unos ingresos, independizarse, formar una familia y mirar hacia el futuro con cierta seguridad.
Hoy esa relación parece haberse debilitado.
España llega a este 7 de octubre, Jornada Mundial por el Trabajo Decente, con más de 22 millones de personas afiliadas a la Seguridad Social y un mercado laboral que ha mejorado notablemente respecto a otras etapas. Son datos importantes, pero detrás de ellos aparece una pregunta mucho más difícil: ¿tener empleo garantiza hoy poder vivir dignamente?
Para demasiadas personas, la respuesta no está tan clara.
Ante la exclusión, trabajo decente
Este año, Iglesia por el Trabajo Decente (ITD) —iniciativa impulsada por Cáritas, HOAC, Justicia y Paz, JEC y JOC— celebra la jornada bajo el lema «Ante la exclusión, trabajo decente».
Su mensaje introduce una cuestión especialmente significativa: no podemos hablar de trabajo digno sin hablar también de vivienda, estabilidad y proyecto de vida.
Porque trabajamos para vivir.
Para pagar una casa, alimentarnos, cuidar a nuestra familia, afrontar un imprevisto y disponer también de tiempo para descansar y compartir la vida con los demás.
Cuando todo eso resulta difícil incluso teniendo empleo, algo no está funcionando.
Trabajar y no poder independizarse
Los jóvenes muestran especialmente esta contradicción. La edad de emancipación continúa alrededor de los 30 años, muy por encima de la media europea.
Detrás de la estadística encontramos jóvenes que estudian y trabajan pero siguen viviendo con sus padres porque no pueden pagar un alquiler; parejas que retrasan su proyecto familiar; o trabajadores que destinan una parte desproporcionada de sus ingresos simplemente a conservar un techo.
Por eso, empleo y vivienda se han convertido en dos caras de una misma cuestión social.
¿Podemos hablar de integración laboral cuando un salario no permite construir una vida autónoma?
El trabajo no es solamente una estadística
La jornada llega además en un momento en el que España debate sobre salarios, vivienda, reducción de jornada, conciliación, inteligencia artificial, migración, salud mental y siniestralidad laboral.
Son cuestiones diferentes, pero todas conducen a una misma pregunta: ¿qué lugar ocupa la persona dentro de nuestra economía?
Número de afiliados, productividad, contratos o costes laborales son indicadores necesarios. Pero ninguno explica por sí solo cómo vive una persona.
Hablar de trabajo decente significa hablar de salario suficiente, estabilidad, seguridad, descanso, conciliación, protección social y respeto a los derechos laborales.
Significa también recordar algo elemental: trabajar no puede costarnos la salud ni la vida.
Quienes llegan también sostienen nuestra sociedad
La realidad migratoria merece igualmente una mirada diferente.
Miles de personas migrantes trabajan cada día en el campo, los cuidados, la construcción, la hostelería, la limpieza, la logística o los servicios.
No son únicamente personas a las que acoger. Son trabajadores y trabajadoras que participan de nuestra economía y contribuyen al sostenimiento de nuestra sociedad.
Defender el trabajo decente significa también impedir que la vulnerabilidad administrativa o económica pueda convertirse en puerta de entrada a la explotación.
El trabajo está al servicio de la persona
Para la Doctrina Social de la Iglesia, el trabajo nunca ha sido solamente una cuestión económica.
Desde Rerum Novarum hasta nuestros días permanece una idea esencial: el trabajo está al servicio de la persona y no la persona al servicio del trabajo.
Esta afirmación adquiere especial importancia en una época fascinada por la productividad, la automatización y la inteligencia artificial.
Detrás de cada puesto de trabajo sigue existiendo una persona.
Una persona que necesita un salario, pero también tiempo, vivienda, seguridad, familia, descanso y esperanza.
¿Qué vida nos permite nuestro trabajo?
Quizá esa sea la pregunta que debería dejarnos este 7 de octubre.
Durante años nos hemos preguntado cuántos puestos de trabajo somos capaces de crear. Ahora necesitamos preguntarnos también qué clase de vida permiten esos empleos.
Una sociedad verdaderamente próspera no puede medirse únicamente por el número de personas ocupadas. También debe preguntarse cuántas pueden pagar una vivienda, independizarse, cuidar a sus hijos, descansar, llegar a final de mes y afrontar el futuro sin miedo permanente.
Por eso, «Ante la exclusión, trabajo decente» no es simplemente un lema para una jornada.
Es una invitación a decidir qué sociedad queremos construir.
Una en la que simplemente haya trabajo o una en la que el trabajo permita realmente vivir con dignidad.

