Hay fechas que, vistas con la perspectiva del tiempo, adquieren un significado que va mucho más allá de la persona que las protagonizó. El 14 de junio de 1930 es una de ellas. Aquel día, en la capilla del Seminario de Madrid, un joven llamado Abundio García Román era ordenado sacerdote por el obispo de la diócesis, Don Leopoldo Eijo y Garay. Quizá nadie podía imaginar entonces que aquel acontecimiento acabaría influyendo en la vida de miles de trabajadores y familias dentro y fuera de España.
Para Don Abundio, aquella jornada fue siempre el “día cumbre” de su vocación. No era una expresión retórica. Durante toda su vida se definió como un auténtico “entusiasmado de su sacerdocio”, convencido de que la llamada recibida de Dios daba sentido a todo lo demás.
No es casual que eligiera para aquel momento una frase sencilla y profundamente evangélica: «Señor, tú sabes que yo te amo». Son las palabras que San Pedro dirige a Jesús después de sus negaciones, una declaración de amor humilde, consciente de las propias limitaciones, pero también de la confianza depositada en Dios.
Quizá en esa elección ya estaba contenida buena parte de la espiritualidad que marcaría posteriormente toda su vida y su obra.
Cinco días después de su ordenación, el 19 de junio de 1930, coincidiendo con la festividad del Corpus Christi, celebró su primera misa en la capilla de las Madres Carmelitas Descalzas de la calle Ponzano, en Madrid. Un lugar especialmente significativo para él, pues allí trabajaban sus padres como guardeses.
Aquel sacerdote recién ordenado comenzaba entonces un camino que terminaría desembocando años más tarde en la fundación de Hermandades del Trabajo, un movimiento que nacería con una intuición profundamente evangélica: llevar el mensaje de Cristo al mundo del trabajo y acompañar a las personas trabajadoras en la búsqueda de su dignidad, promoción humana y crecimiento espiritual.
El sacerdocio como servicio
En una época en la que con frecuencia se habla de liderazgo, éxito o influencia, la vida de Don Abundio nos recuerda una realidad diferente: las transformaciones más profundas suelen comenzar con una actitud de servicio.
Su sacerdocio nunca fue entendido como un privilegio ni como una posición de poder. Lo vivió como una misión. Por eso se acercó a las fábricas, a los barrios obreros, a los jóvenes trabajadores y a tantas personas que buscaban esperanza en contextos marcados por la pobreza, la desigualdad o la falta de oportunidades.
Su respuesta fue siempre la misma: acompañar, escuchar, formar y promover.
Una vocación que sigue interpelando hoy
Noventa y cinco años después de aquella ordenación sacerdotal, el contexto social ha cambiado enormemente. Sin embargo, muchas de las preguntas siguen siendo las mismas.
¿Cómo construir una sociedad más justa? ¿Cómo garantizar la dignidad del trabajo? ¿Cómo acompañar a quienes viven situaciones de precariedad o exclusión? ¿Cómo hacer presente el Evangelio en medio de una realidad cada vez más compleja?
La vida de Don Abundio no ofrece recetas simples, pero sí una orientación clara. Nos recuerda que las grandes transformaciones sociales nacen de personas capaces de comprometerse con los demás desde la fe, la esperanza y el servicio.
Por eso, recordar hoy su ordenación sacerdotal no es únicamente evocar un hecho histórico. Es volver a la fuente de una vocación que dio origen a una obra que continúa viva y que sigue invitando a mirar el mundo del trabajo con los ojos del Evangelio.
Aquel 14 de junio de 1930 comenzó la historia de un sacerdote. Pero también empezó a gestarse una respuesta cristiana a los desafíos del mundo laboral que, décadas después, continúa siendo necesaria.
Porque la fidelidad de Don Abundio a su sacerdocio no solo marcó su vida. Terminó convirtiéndose en una semilla de esperanza para miles de trabajadores y trabajadoras que encontraron en Hermandades del Trabajo un espacio donde crecer como personas, como profesionales y como creyentes.

