El 15 de mayo de 1891, el papa León XIII publicaba la encíclica Rerum Novarum (“Sobre las cosas nuevas”), un texto que acabaría convirtiéndose en el documento fundacional de la Doctrina Social de la Iglesia. Han pasado ya 135 años, pero muchas de las preguntas que planteaba siguen sorprendentemente vigentes en pleno siglo XXI.
La encíclica nació en un contexto marcado por la Revolución Industrial, la explotación laboral, las jornadas interminables y una desigualdad creciente entre quienes acumulaban riqueza y quienes apenas sobrevivían trabajando. León XIII quiso responder a aquella realidad situando en el centro algo que hoy continúa siendo imprescindible: la dignidad de la persona trabajadora.
Entre el capitalismo salvaje y la lucha de clases
Uno de los aspectos más innovadores de la Rerum Novarum fue su capacidad para situarse críticamente frente a los dos grandes modelos enfrentados de la época.
Por un lado, rechazó el socialismo marxista y la idea de la lucha de clases como motor de transformación social. Pero, al mismo tiempo, denunció con dureza un capitalismo desregulado que convertía a las personas trabajadoras en simples instrumentos de producción.
En aquel momento, la Iglesia afirmaba algo profundamente revolucionario: que la economía no podía construirse ignorando la dignidad humana.
Hoy, más de un siglo después, el debate sigue abierto. La precariedad laboral, la temporalidad, los salarios insuficientes o las dificultades de acceso a la vivienda muestran que el crecimiento económico no siempre se traduce en justicia social.
El trabajo no puede reducirse a productividad
La Rerum Novarum defendió por primera vez de forma clara derechos laborales que hoy consideramos fundamentales:
- el derecho a un salario justo,
- a jornadas reguladas,
- a condiciones dignas,
- y a la organización sindical.
En una sociedad donde la automatización, la inteligencia artificial y las plataformas digitales están transformando el empleo, la pregunta vuelve a ser la misma:
¿qué lugar ocupa la persona dentro del modelo económico?
La lógica de la productividad inmediata y del rendimiento constante amenaza con convertir nuevamente el trabajo en un espacio de desgaste, inseguridad y exclusión.
La Doctrina Social de la Iglesia recuerda precisamente lo contrario: que el trabajo debe estar al servicio de la vida y no la vida al servicio del trabajo.
El papel del Estado y el bien común
Otro de los grandes aportes de la encíclica fue afirmar que el Estado no podía permanecer indiferente ante las desigualdades sociales.
León XIII defendió que las instituciones públicas tienen la obligación de intervenir para proteger a los sectores más vulnerables y garantizar unas condiciones mínimas de justicia.
Una idea especialmente actual en tiempos marcados por la crisis de acceso a la vivienda, el aumento de la desigualdad o las dificultades de emancipación de los jóvenes.
La Rerum Novarum también reafirmó el derecho a la propiedad privada, pero introduciendo un matiz esencial: los bienes deben orientarse al bien común y no únicamente al beneficio individual.
Una encíclica que sigue interpelando
Quizá una de las razones por las que este texto sigue teniendo tanta fuerza 135 años después es porque no hablaba solo de economía, sino de humanidad.
La Rerum Novarum entendía que detrás de cada problema laboral existe una cuestión moral y social. Y eso sigue siendo profundamente actual.
En un mundo donde aumentan la incertidumbre, la precariedad y la sensación de fragilidad, el mensaje de León XIII continúa planteando una cuestión incómoda pero necesaria:
¿qué tipo de sociedad estamos construyendo cuando el trabajo deja de garantizar dignidad, estabilidad y futuro?
Mirar el presente desde la dignidad
El aniversario de la Rerum Novarum no es solo una conmemoración histórica. Es también una oportunidad para releer el presente desde una mirada más humana.
Porque las “cosas nuevas” de hoy tienen otros nombres: digitalización, precariedad, exclusión social, crisis habitacional o desigualdad tecnológica. Pero el desafío de fondo sigue siendo el mismo: construir una sociedad donde la economía esté al servicio de las personas y no al revés.
Y quizá ahí resida la vigencia de una encíclica escrita hace 135 años que todavía hoy continúa preguntándonos qué valor damos realmente a la dignidad humana.

